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| D. Raúl, D. Gaspar y D. Antonio |
El Padre Dios nos envió a su Hijo Jesucristo, el rostro brillante de su misericordia, descendiendo así hasta nuestra humanidad herida, haciéndose próximo y prójimo (cf. Lc 10,29-37). Él inaugura el jubileo de la gracia y de la misericordia para todos (cf. Lc 4,16-21). Jesús, al ver a las gentes como ovejas sin pastor, sintió tal compasión que le llevó a tocarlos, alimentarlos, curarlos, auxiliarlos, perdonarlos, en definitiva, a descender a ellos. Él mismo quiso que sus Apóstoles continuaran esta misión de misericordia, y les envió con la fuerza de su Espíritu para predicar el Reino y perdonar pecados (cf. Jn 20, 23; 2 Cor 5, 18). Esta misma misión es la que continúan hoy los obispos, sucesores de los apóstoles, y sus colaboradores los sacerdotes.








